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miércoles, 31 de enero de 2018

Así era Cali (1940 / 1950)

Autor: José David Tenorio


En días pasados, en la sala de espera de un consultorio odontológico tuve la oportunidad de ojear un hermoso libro de gran formato, tapa dura, fotografías a todo color y textos bilingües, llamado “Así es Cali”. Durante un rato pude recorrer parte de su contenido y casi descubrir una ciudad que ahora  desconozco al punto de no poder identificar muchos de los lugares retratados desde el aire.
Me vino a la memoria lo que me dijo, hará veinte años, un francés, directivo de una multinacional, que había vivido aquí y retornado al cabo de los años : “esta ciudad está creciendo como los hongos”. Con lo que significaba un gran desarrollo urbano, pero desordenado (¿qué tal que la viera como está hoy? ¿ Con qué la compararía) . Pero también al ver las imágenes de ese libro me hizo retrotraer a mi infancia y juventud y traerme los recuerdos de esa Cali que se fue.
Si en 1950  a duras penas, alcanzaba los doscientos ochenta mil habitantes, cuántos menos en 1940.  Primer impacto frente a los dos millones setecientos mil de ahora. Antes desordenada; ahora caótica.
En esa década empezaron  a consolidarse los barrios al otro lado del río, primero el Granada y luego el Centenario. Y  al final, Versalles, en donde se abrió la Clínica de Occidente, la segunda privada después de la Garcés fundada en los veintes. Se conservaron casi la totalidad de las casonas de la zona céntrica que venían desde la colonia y al barrio popular de San Nicolás (conocido durante la colonia como “El Vallano”) se agregaron El Calvario, San Pascual, Sucre, Belalcazar, Obrero. Y para los obreros del Ferrocarril, La Campiña a continuación de los talleres de Chipichape. Y hacia el sur la compañía gringa había organizado en los treinta  el barrio de San Fernando (San Fernando Viejo) que quedaba extramuros de la ciudad.
Eran pocos los edificios. En el marco de la plaza de Caycedo solo estaban el Edificio Otero, el Palacio Nacional , el Episcopal ( construido por monseñor Luis Adriano Díaz, segundo obispo de Cali), y el edificio Hormaza en la esquina de la carrera 5ª con calle 11,  y, por supuesto la Catedral. También el edificio Pielroja y el edificio Garcés. Otro el edificio Calero en la esquina de la carrera 6ª con la calle 9ª  (calle de por medio con la Torre Mudéjar). Y, finalizando los 40 el edificio del Hotel Columbus que luego se incorporó al complejo del Hotel Aristi. Igualmente estaban los teatros Municipal y Jorge Isaac. Iglesias fuera de la catedral, San Francisco con su convento de San Joaquín, La Merced, la Capilla de San Antonio, San Nicolás y la Ermita. Y la capillita de El Carmen, anexa al convento de las Carmelitas Descalzas de la calle 5ª (donde funciona ahora Comfenalco). (Y, ¿cómo no recordar el edificio del Batallón Pichincha, frente al Paseo Bolívar? No dejaremos de lamentar que no lo hubiesen conservado por un mal entendido concepto de “modernidad y progreso”…!!!)
Estaba el Amparo de Niñas en el lote que ahora ocupa el Hotel Intercontinental, terrenos que fueron objeto de una controversia entre el obispo Luis Adriano Díaz y la comunidad de los franciscanos, que fue fallado en Roma a favor de los últimos.
Hablando de los franciscanos: históricamente esa comunidad ha estado estrechamente ligada a la ciudad. Uno de sus integrantes fue el constructor del único puente que atravesaba el río Cali hasta bien entrado el siglo XX: el Puente Ortiz que lleva el nombre de quien ejecutó la obra que, aunque ha sufrido remodelaciones, conserva su esencia. Ellos fueron de los promotores del grito de independencia de las Ciudades Confederadas. Otro caso ligada a ellos es los recorridos que hacía un hermano lego cabresteando un burrito cargado con dos enormes canastos, que iba de casa en casa pidiendo alimentos para preparar la comida de los pobres que la  recibían  através de una ventanilla que aún se observa a un costado del convento de San Joaquín. Y la estatua de fray Damián González se levanta en  la mitad de la plazoleta de la gobernación.
Apeas empezaba la construcción del Hospital Departamental (hoy Hospital Universitario del Valle “Evaristo García”), únicamente existía el Hospital de San Juan de Dios, en el barrio San Nicolás , dependiente de la diócesis y fundado en el siglo XVIII por el francés Leonardo Sudrot de la Garda.
La educación de los caleños estaba a cargo de los colegios de Santa Librada (fundado por el general Santander), San Luis Gonzaga (de los hermanos Maristas que llegaron en 1894), que también contaban con el internado campestre Nuestra Señora de los Andes (Yanaconas) , el colegio Alemán ( donde ahora se encuentra la Biblioteca Departamental) , el Berchamans ( de los jesuitas) y el colegio Villegas. En formación técnica estaban el Instituto Antonio José Camacho y San Bosco. Y para las niñas eran el de la Sagrada Familia (con internado, en el Peñón), María Auxiliadora ( de las Salesianas) y el Liceo Benalcazar. Para la formación de las maestras estaba la Escuela Normal Superior  en edificio de la carrera 1ª cruce de la calle 15.Y un buen número de escuelas públicas tanto para niños como para niñas.  (Y cómo no recordar el kínder de Evita Riascos en su casa de la carrera 6ª al lado de la capilla de El Carmen).
En 1945 se fundó la que tomaría el nombre de Universidad del Valle. Ocupó las instalaciones del antiguo convento de San Agustín  que utilizaba el Colegio de Santa Librada y que quedó libre por su traslado al sur.(Es muy triste recordar que ese convento que se ubicaba en la carrera 4ª entre calles 13 y 14, hubiese sido demolido años después y reemplazado por un horrible edificio de parqueadero).
Prácticamente la totalidad de los tratamientos médicos era mediante formulas magistrales que los farmaceutas preparaban en las droguerías. La más conocida de las cuales era la Garcés que, además, vendía los más deliciosos helados servidos en mesa con mantel y en copas de cristal.
La empresa más importante eran los Ferrocarriles del Pacífico que luego de casi medio  siglo de construcción de la vía entre Buenaventura y Cali, al fin llegaron a la ciudad en 1916. Los empleos más apetecidos y mejor remunerados, eran los que ofrecían los ferrocarriles (lástima que la politiquería y la voracidad de los sindicatos hubiesen acabado con esa empresa que movilizó tanta carga y pasajeros y ofrecía servicios al alcance de todos los bolsillos desde asientos en vagones  de lujo de primera clase hasta bancas de los de tercera clase).
Calle estrechas en que el pavimento reemplazó el empedrado de la “calle real” (carrera 4ª)  y poco a poco abarcó otros puntos desde el centro hacia la periferia. Eran muy pocos los automóviles particulares cuyo número se había visto limitado por efecto de la Segunda Guerra Mundial. No había señalización de tránsito (pite y siga) ; un solo semáforo que instalaron en la esquina de la carrera  6ª con calle 12 y que nunca vi funcionar. Los automóviles de servicio público no contaban con taxímetros y se ubicaban en torno a los andenes del Parque de Caycedo. Todavía había el servicio de las victorias (carruajes tirados por caballos) que se utilizaban sobre todo para transporte el mercado desde la plaza de mercado (espacio que hoy ocupa el Palacio de Justicia) hasta los domicilios. Muy pocas motocicletas; las que había eran grandes  y pesadas, marca “Indian”. ( Ni a Julio Verne se le habría ocurrido soñar con el creciente enjambre que hoy inunda las calles de la ciudad…!!!)
Los teléfonos eran escasos y de manivela: había que llamar a la central para establecer la conexión. El medio de comunicación más rápido eran los telégrafos que funcionaban en el primer piso del Palacio Nacional. Y para el exterior era los cables como el “All American Cables & Radio” que tenía sus oficinas en el edificio de Coltabaco. Y las cartas se mandaban por medio de los Correos Nacionales o el que empezaba servicio aéreo.- No existían las cadenas de radio y las pocas emisoras que había eran de limitado alcance, todas en AM. Fue la época de esplendor de las radio novelas como  la cubana “El derecho de nacer”.
El servicio de energía era escaso e insuficiente;  los bombillos a duras penas medio alumbraban, casi igual que una vela. Hubo que esperar a la década siguiente cuando se inauguró la primera planta de Anchicayá. Por lo que para cocinar era en estufas que quemaban carbón de leña, que los campesinos traían desde los Farallones en escuálidos caballitos que podrían representar a Rocinante.(Era típica la forma abreviada como gritaban anunciando su producto : simplemente decían “bon”)
El transporte aéreo era desde el Guavito (donde está la Base Aérea Marco Fidel Suárez) y desde Calipuerto (donde hoy está Cavasa) a éste llegaban los aviones de Panagra (los “clíper”) que dio lugar a que empresarios norteamericanos que viajaban hacia el sur del continente, descubrieran a Cali y al Valle del Cauca y fueron factor de inversión en la década siguiente trayendo muchas de sus compañías y montando plantas propias. Los vuelos nacionales eran en vetustos DC3 que cuando pasaban por encima de La Línea eran estremecidos por las corrientes de aire.
Los domingos lo chic era ir a la misa mayor en la catedral , larga y tediosas, en latín ,  con el oficiante de espaldas a los feligreses , que pronunciaban sus sermones desde el púlpito hablando de lo divino y lo humano, con la pésima acústica  en que solo se lograba medio entender algo de lo que decían poniendo mucha atención. Las señoras casadas cubrían sus cabezas con mantillas de color negro y las solteras de color blanco  (una forma de anunciar que estaban disponibles). Luego salir a escuchar la retreta en el parque.
No era inusual que a las cinco de la mañana desfilara por las calles del casco antiguo la procesión, acompañada de músicos, llevando el Santísimo Sacramento  bajo palio para brindar la comunión a los enfermos. Las devotas iban con canastos cargados de pétalos que regaban en la medida que avanzaba la procesión. (Uno de los asiduos concurrentes a esos desfiles era un loquito místico conocido como Pachito Zorrilla, que era el encargado de recoger las limosnas en algunas de las misas de la catedral).
Los hombres adinerados, los profesionales, los comerciantes y, en general, lo que se tuvieran estima y cuidaban su imagen, vestían  trajes de paño de saco y corbata , colores oscuros, sombreros de pana    (algunos hasta con chalecos). Solo recuerdo dos casos en que se vestían con trajes blancos de lino. Y las mujeres vestidos de falda larga  (un pecado si mostraban las rodillas…!!!) y solo las más osadas y modernas, se ponían pantalones cuando iban de paseo. Nunca dentro de la ciudad.
La actividad comercial giraba en torno a almacenes como “Calero Hermanos” ( carrera 5ª calles 10 y 11) , el más lujoso ; el “Apolo” en los bajos del edificio Otero ; la Casa Víctor ; una pequeña sucursal de Almacenes Ley ( calle 11 entre 6 y 7 ) ; el almacén de telas de Fortunato Nader ; el almacén de Juan Santander en la carrera 5ª cerca del de Calero Hermanos ; el del “Chato” Buenaventura en la Plaza de Caycedo ; el almacén de Carvajal & Cia en la carrera 4ª esquina de la 13 ; las joyerías y relojerías  de los judíos como “Jeremías”, etc.
Hoteles estaban el Alférez Real, el Columbus, el Majestic y el Europa. Y el restaurante más lujoso era “La Palma” en la calle 12 mismo andén del teatro Jorge Isaac.
Siempre la diversión más popular, sin distingo de clases ha sido ir de paseo al río. Entonces al caudaloso río Cali con su pozo emblemático  de “El Charco del Burro” en que los más audaces  se trepaban a la roca saliente para clavar con el riesgo de que si no lo sabían hacer darse contra los racas del fondo y ser atrapados por el remolino que se formaba en esa gran curva del río. Y para un paseo más largo era ir al “lejano” Pance…( origen de los famosos paseos de olla).
El río solo lo atravesaban el puente Ortiz ( el primero y único durante muchos años) al cual se le fueron agregando, ya en el siglo XX, los de Santa Rosa           ( salida a la carretera al mar) ; Pedrones ( en el Peñón) ; el peatonal que unía a el Peñón con el Centenario; el de la Cervecería  ( calle 8ª) ; el España ( calle 11 ) y el Alfonso López ( calle 15 en donde estuvo el cuartel de los bomberos voluntarios).
El  puente colgante “Carlos Holguin” unía las dos orillas del río Cauca: Puerto Mallarino del lado de Cali y Juanchito de Candelaria. Era un puente colgante con piso de madera, de un solo carril, que se bamboleaba  al paso de los vehículos.
Los clubes sociales eran el Campestre ( quera era lejísimos...!!!) , el Colombia , el San Fernando y el de Tenis ( a la orilla izquierda del río Cali al pie del puente de la cervecería) .Y para las clases populares el club de ese nombre que quedaba en donde ahora está el Parque de Las Banderas.
Como no existían equipos de sonido diferentes a los gramófonos o radiolas, ni la energía disponible daba para algo más que una precaria iluminación, las fiestas que se celebraban en algunas de las casas particulares eran con orquestas. En la ciudad había como tres orquestas bien conformadas que eran las que animaban esas fiestas.
La industria más importante era la fábrica “La Garantía” de propiedad de europeo  Antonio Dishington  y otras como “Croydon del Pacífico” “Pastas La Muñeca” de Mariano Ramos; Laboratorios JGB ; Textiles El Cedro , Bavaria ,  representaban el incipiente inicio del desarrollo industrial que tendría su auge en la década siguiente.  
El estadio Pascual Guerrero solo contaba con unas  pequeñas graderías no mucho más grandes que las  que tienen hoy las de  los campos de entrenamiento de los equipos de futbol. Las carreras de caballos se realizaban el hipódromo de Versalles por los lados de la Avenida Estación (donde estuvieron los Almacenes Sears). Finalizando esta década, se abrió el Hipódromo de San Fernando, hoy centro de escenarios deportivos.
El primer gran acontecimiento de talla internacional que tuvo como escenario la ciudad fue la celebración del Congreso Eucarístico Bolivariano  en 1949, con la presencia del Delegado Papal, cardenal Clemente Mícara (bajito y gordito que fue tratado a cuerpo de rey por la sociedad caleña). Debería haberse realizado el año anterior, pero fue aplazado por los sucesos del “bogotazo”. Como recuerda queda el Templete y la custodia que se elaboró con las joyas donadas por las damas caleñas y hoy guardada en una bóveda del Banco de la República.
El veraneadero predilecto de los caleños era La Cumbre a donde se llegaba en  el tren. Luego empezó a tomar forma El Saladito poblándose hasta el Kilómetro 18 , recorridos que se hacían en las cabalgatas que iban hasta El Carmen , la Leonera y Pichindé.
El monumento más destacado era la estatua de Sebastián de Belalcazar, ubicado en la pendiente encima de la avenida Boyacá, próximo al Charco del Burro, que en solitario señalaba la ruta del mar; la de Simón Bolívar en el paseo de su nombre, copia de la de Tenerani de la Plaza de Bolívar de Bogotá; la del prócer Joaquín de Caycedo y Cuero; la de fray Damián González y el trashumante dedicado a Jorge Isaac.
Periódicos locales solo eran Diario del Pacífico de la familia Borrero Olano y Relator de la familia Zawazky.

                                                  Remembranzas.
                                                 José  David  Tenorio.
                                                 Cali, Enero de  2018  

miércoles, 10 de octubre de 2012

EL AGUA EN AGUABLANCA

José David Tenorio
En varias oportunidades he escuchado a personas que supongo son conocedoras que a pesar de todas las obras que se han realizado para controlar el río Cauca, no se puede garantizar que se hayan eliminado las inundaciones que eran tan frecuentes en el pasado y que poco a poco se han ido limitando. - Alguno dijo que a pesar de la construcción de la represa de Salvajina en promedio habrá una gran avenida cada quince (15) años y que si se construye la represa de Timba, las inundaciones se espaciarán a cada veinticinco (25) años .- Si se piensa en esto y que casi la totalidad de los barrios que conforman el denominado Distrito de Aguablanca se levantaron sobre terrenos de laguna e inundables y la misma proximidad al río , se puede ver el desafío tan grande que ha tenido que asumir la ciudad y los ingentes recursos que se han tenido que invertir para proveer de vías a esos barrios y, sobre todo, suministro de los servicios públicos , en donde hay el riesgo de que el agua del río contenida por los jarillones penetre por el sistema de alcantarillado y provoque   las inundaciones .
 
Para construir el Centro de Servicios Comunitarios de El Vallado fue preciso hacer rellenos con roca muerta y tierra amarilla, en todo el lote ( más de 6.000 mts 2) , con altura promedio de un metro con veinte centímetros ( 1,20 mts ) .
 
Cuando se iniciaban todos esos barrios el agua potable si que fue un elemento vital. Casi un artículo de lujo. Hubo un prospero negocio que durante un tiempo tuvieron algunos carretilleros que recogían agua en los hidrantes de los bomberos en toda suerte de depósitos para luego ir a venderla en las calles como si estuvieran vendiendo pandebono .Por supuesto que el sobrecosto para los usuarios era muy elevado . Esto  problema  dio origen a una paradoja: a los centros de salud que organizó la Fundación Carvajal (primera en organizarlos y ofrecerlos, antes que el Gobierno Municipal) llegaban niños cubiertos con costras de mugre, que   les producía picazón y al rascarse se formaban llagas que pronto se infectaban. Obviamente que la primera recomendación que hacían los médicos era que a los niños había que bañarlos y mantenerlos aseados y muchas veces la respuesta que se recibía era ¿y con qué vamos a comprar el agua para bañarlo si a duras penas me alcanza para comprar con qué preparar la comida ? Es decir, algo sencillo se volvía un problema complejo que demandaba la aplicación de antibióticos para controlar las infecciones.....y si no tenían para el agua, menos para los antibióticos.
 
Afortunadamente  las Empresas Municipales pudieron extender las redes de servicios que junto con la aplicación de  las medidas de prevención  contempladas en el sistema de atención primaria en salud, impidieron las epidemias que habrían sido desastrosas. .- Cuando Rodrigo Guerrero fue  Secretario de Salud de Cali inició ese sistema de atención primaria en salud, que Luís Fernando Cruz, cuando llegó  a esa Secretaría se encargó de consolidar y difundir  por toda la ciudad, lo que determinó que la OMS declara a Cali una ciudad saludable.

miércoles, 22 de agosto de 2012

“La Mano del Negro”.- La Loma de la Cruz, Cali



Por: José David Tenorio



Como lo escuché a mis padres hace más de sesenta años, lo relato:

A finales de la colonia o comienzos de la república, en los extramuros de la aldea, en el camino a Popayán,  vivía una humilde mujer, esclava liberta que tenía un hijo que no solo era un vago sino díscolo y desobediente que la hacía sufrir mucho con su comportamiento y con las burlas con que la atormentaba.

Un  día el muchacho fue especialmente grosero  y desatendió el pedido de su madre de no salir de la casa, por lo que ella – tratando de controlarlo- lo amenazó con maldecirlo  con un efecto contrario ya que la insultó más e hizo mofa de la maldición. Por lo que en ese momento su madre le dijo: “que te trague la tierra” y la tierra se abrió bajo los pies del muchacho y se lo tragó, pero quedó afuera   una de sus manos  en forma de garra, esquelética y ennegrecida.

La conmoción  y el espanto fueron muy grandes y los buenos parroquianos consideraron que era cosa del demonio  por lo que solicitaron a un sacerdote que hiciera exorcismos para disipar el mal. El sacerdote rociando la mano con agua bendita, con conjuros y oraciones, logró que la tierra terminara de tragarse esa mano.

En memoria de ese acontecimiento y para que de repente no se fuera a repetir, con el tiempo los feligreses levantaron un pequeño monumento en el lugar  exacto rematado por una cruz. De ahí viene que a ese sitio se le conozca indistintamente como “La Mano del Negro” o La Loma de la Cruz.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

El “monstruo de los mangones”

Remembranzas.- José David Tenorio

Allá, a finales de los cincuenta y comienzo de los sesentas, la paz de esta ciudad que apenas empezaba a despertar al progreso, se vio alterada por una serie de crímenes que nunca se aclararon.

Todo indica que un pervertido sexual abusó y mató a un indeterminado número de niños cuyos cadáveres iban apareciendo en lotes vacíos (“mangones”) dentro de la ciudad. Lo que dio origen a que en la prensa se le empezara a identificar como el “monstruo de los mangones”.
Fuera de lo referido había otras dos características en esos crímenes : casi en su totalidad fueron niños abandonados o “de la calle” y todos fueron muertos con arma corto punzante con herida en el pecho, a la altura del corazón posiblemente con una almarada.
Ese sujeto ( que nunca fue identificado) debía ser una persona que no produjera espanto o rechazo, por el contrario de un buen modo de ser para ganarse la confianza de esos niños que de por sí son bastantes despiertos y desconfiados, condiciones indispensables para sobrevivir desamparados y en la calle. Lo que, además, facilitó que no se llegara a conocer el número exacto de las victimas, ya que no tenían dolientes que extrañaran sus ausencias o desapariciones. Pero sirvió para que los padres pudieran controlar mejor a sus hijos con la advertencia de que si callejeaban se exponían a ser victimas de ese predador.
Uno de los “mangones” en se encontraron dos o tres de esos niños fue en donde hoy se levanta el edificio de “La Torre de Cali” . El antiguo cause del río Cali formaba una pequeña curva en donde el choque de las aguas fueron horadando las paredes y creando una hondonada o charco similar al del Charco del Burro, pero más pequeño y menos turbulento. Cuando se rectificó el curso del río quedó ese espacio libre, que se llenó de malezas. Sitio que aprovechó el asesino para dejar a su victimas pese a que la zona ya estaba bastante habitada ( las casas del barrio Versalles que se encuentran frente a la Torre de Cali, en la otra orilla de la avenida de Las Américas).
Un efecto perverso de no haberse identificado al asesino fue el cúmulo de cábalas sobre por qué cometía esos crímenes y es que la gente del común ( el pueblo) le dio credibilidad a una infamia que alguien lanzó y que esas gentes sostenían a pie juntillas como si hubieran presenciado los hechos y es que el asesino lo que estaba era recolectando sangre para suministrársela a un hombre muy rico de la ciudad que se encontraba gravemente enfermo y necesitaba de esas transfusiones para conservar la vida. Y que el sujeto mataba era enterrando una aguja hipodérmica para con jeringa extraer la sangre de sus victimas.
Fueron muchos los que creyeron en semejante infundio y no valía que se dijera que , aunque se diera por cierta la intención, científicamente era un imposible dada la incompatibilidad de los distintos grupos sanguíneos.
Sin embargo muerto ese señor , quien fue un empresario que llegó muy joven a Cali y aquí hizo una gran fortuna con un claro sentido de los negocios que lo proyectó a nivel internacional , un gran promotor del desarrollo de la ciudad, cuando murió su familia le levantó uno de los mayores mausoleos en el Cementerio Central y desde entonces – vaya paradoja- su tumba es objeto de visitas y peregrinaciones para pedir que ayude al que le “habla” para que le vaya bien en los negocios o en un negocio en particular….




Pelicula de Luis Ospina sobre la leyenda de "El monstruo de los mangones"





sábado, 16 de julio de 2011

El 7 de Agosto de 1956 en Cali

Remembranza por:  José David Tenorio
José David Tenorio

En agosto de 1.956 llegó al puerto de Buenaventura un cargamento de explosivos con destino al ejército nacional que fue transportado por tierra con destino a Bogotá en 11 camiones ( por cierto que se comentó que los camioneros fueron obligados a aceptar esa carga y transportarla).- Bien sea porque salieron tarde o por la mala calidad de la carretera ( la antigua carretera al mar , la “Simón Bolívar” que en ese entonces era casi una mera trocha) o por lo delicado y peligroso de la carga, los camioneros llegaron tarde a Cali y quisieron estacionarlos  en las afueras del Batallón Pichincha  (en el Paseo Bolívar, en donde hoy funciona el CAM) , pero el oficial de guardia no lo permitió y entonces cuatro siguieron hasta Palmira y se quedaron en el Batallón Codazzi y los otros siete los estacionaron frente a la estación del ferrocarril de ese entonces (calle 25  entre carreras 1ª y 4ª).

Con el paso del tiempo dos o tres manzanas que daban frente a la estación se habían convertido en unos antros de miseria con cafetines y hoteluchos de mala muerte , ese lugar era la “olla” de ese entonces. Allí había mucha actividad y concentración de gran  cantidad de gentes, especialmente en horas de la noche. Era un hormiguero.


Padre Alfonso Hurtado Galviz
El  6 de agosto habían trasladado gran parte del batallón del ejército acantonado en Palmira para que participara en el desfile militar del día siguiente. Los alojaron en el edificio que tenían para uso de la policía del ferrocarril que quedaba al lado de la estación, frente a la calle 25, en donde estacionaron los 7 camiones .

A la una y cinco de la madrugada del 7 de agosto, por causas que nunca se podrán aclarar, hubo una horrorosa explosión: reventaron los explosivos cargados en esos camiones. Tan poco se llegará a saber cuántos fueron los muertos. Solo puras conjeturas; lo cierto es que fueron cientos tal vez más de dos mil. La peor tragedia en toda la historia de Cali. Arrasó toda esa zona, con repercusiones a cuadras de distancia del epicentro. No obstante que el patio en donde estaban los camiones fue construido sin ahorrar cemento o concreto (como era usual en esa época) el cráter que se formó fue inmenso.



En ese preciso instante le estaban dando una serenata a una de mis hermanas y el último acorde de los músicos, coincidió con la explosión. Eso fue pavoroso; el cielo se iluminó con una tonalidad anaranjada. Luego algo que no olvido y que no he oído mencionar a otros que relatan esa tragedia: seguramente por aturdimiento yo sentí que todo quedaba en silencio pero, de repente, empecé a oír como el eco rebotaba entre las cordilleras . Era como si fuera una bola de billar de sonido que iba de una cordillera a la otra, alejándose hasta perderse en la lejanía .

Era una noche muy calurosa. Mi cuarto estaba en el segundo piso de la casa, al fondo. La ventana no era de guillotina sino de batiente. Yo la había dejado completamente abierta para que aireara. La onda explosiva la cerró de golpe, fue tal el totazo que volaron los vidrios. Yo me salvé de haber quedado herido o muerto por los vidrios porque pasaron  por encima de mi cama y se clavaron en el piso de madera. Uno pocos centímetros y me habrían impactado.

La puerta de la casa era de madera. Unos señores tablones ( no meras tablas) que la hacían pesada y fuerte. Tenía una chapa de seguridad de triple vuelta, y, además, contaba con un pasador grueso y cadena ( “perro”). Cuando bajé al primer piso vi que la puerta había sido abierta: se había astillado la parte que sostenía la chapa. La calle estaba en penumbra alumbrada por el reflejo de las llamas; había un gran polvero (como cuando uno va por carretera destapada en verano y lo adelanta otro vehículo). No vi a nadie en la calle. Había silencio, cuando de repente, como si todos se hubieran puesto de acuerdo, empezó un griterío y la gente a salir a la calle sin cuidarse de la forma como estuvieran vestidos. Y al poco rato el desfile de cuanto vehículo pudiera haber, llevando heridos hacia la Clínica de Occidente.


Dos curiosidades: en terrenos de la Hacienda “La Flora” , propiedad de una familia venezolana vecina en Cali, el gobierno de ese país construyó el edificio “Venezolano” , quizás la obra, en su tipo y magnitud, más rápida que se haya realizado en Cali , destinado a vivienda de damnificados por la explosión (mucho se comentó que gran cantidad de los beneficiarios no fueron ningunos damnificados).

El gobierno, empleando casas prefabricadas de aluminio, construyó el “Barrio Aguablanca” ( no confundir con el Distrito de Aguablanca que se formó muchos años después),que la gente bautizó con el nombre de “ Pueblo Lata”.

Mi familia vivía en la calle 18 Norte entre avenidas 3ª ( Avenida de las Américas) y la 4ª; en la mima calle de la Clínica de Occidente. A tres casas de la esquina. Donde ahora se levanta la Torre de Cali, era un hueco, es decir, diagonalmente recibimos el impacto de la explosión .

sábado, 9 de octubre de 2010

El transporte en Cali hacia 1940


Primer carro en Cali

Por: José David Tenorio
Dentro de la ciudad los medios de transporte era limitados: unos pequeños buses urbanos, unos pocos taxis y algunos coches de caballos o “victorias” iguales a los que todavía se encuentran en Palmira y Cartagena. No eran muchas las personas que dispusieran de vehículos particulares.

Primer carro de Bomberos en Cali
Coche de caballo

Transporte en Cali viejo


Parque de Caycedo

Las calles eran estrechas; no había señalización de pares y mucho menos semáforos (durante muchos años estuvo un solo semáforo colgado de cuerdas en mitad de la calle en la intersección de la carrera 6ª con calle 12. Nunca lo vi. funcionar si quiera una sola vez).
La calle 5ª que con el desarrollo de la ciudad se convirtió en la vía arteria más importante, era estrecha al punto de que a duras penas cabían dos vehículos que marcharan uno al lado del otro. Los autos de servicio público no eran numerosos; por supuesto que no tenían taxímetros y el valor de la “carrera” era convenido con el conductor o “según el marrano”. Ellos tenían su terminal en torno al parque de Caycedo .